Rafael Antonio Balducci Carrasco
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Legado, esa es la palabra que define y resume la
actividad de los que llevamos algunos años, casi
veinticinco, haciendo del Rescate algo muy vivo y
que llena todos los días de nuestras vidas en torno
a un Cristo y su bendita Madre que siempre nos
esperan en su Capilla de calle Agua.
Allí llegamos siendo niños, allí junto a otros
cofrades aprendimos a querer a nuestra hermandad,
allí crecimos como personas y hoy somos instrumentos
para mantener el legado que otros nos dieron, y
cuando Ellos quieran nos volveremos a marchar sin
hacer ruido, igual que llegamos, sólo nos quedará en
las retinas el recuerdo de los años de amistad y de
buena hermandad que conocimos, y así cada Martes
Santo cuando sean las siete de la tarde desde
cualquier esquina terrena o celestial estaremos en
torno a la devoción de nuestras vidas viendo como
otros cumplen con el legado que le dejamos.
He vivido la ilusión de ver a muchos niños con sus
túnicas moradas y burdeos y sus capas doradas y
ceniza cada Martes Santo, con la impaciencia de sus
padres por verlos debutar. |
Luego les he visto nacer, crecer, corretear al igual
que mis hijos por el Salón de Tronos como si fuera
el salón de su casa, más tarde y más espigados
reclamando su sitio para jugar con los mayores a
colocar el olivo o a poner varales, y más tarde y
cuando la ocasión lo requería, limpiando la plata o
vistiéndose de monaguillo o dalmática para algún
culto.
Los he visto pedir una y otra vez con quince años
querer salir en el trono y la negativa cómplice de
los mayores era siempre la misma: “Hijo tienes
muchos años por delante para tener el privilegio de
llevar sobre tus hombros a Jesús del Rescate o a
María Santísima de Gracia”.
Los he visto cada mañana de Martes Santo, entre el
ir y venir de gente dentro de la Casa Hermandad a
alguno buscando el sitio bajo el varal para seguir
con la tradición, y como el ritual de retirar el
puesto el Lunes Santo en el patio de Maristas se
reinventa cada año con toda la simbología y carga de
sentimientos que tiene cada año.
Pero este año, el hermano del que voy hablaros
ahora, encontró rebuscando unos viejos guantes en
una cómoda, para dárselos al nuevo hombre de trono,
él quería que llevara los guantes que él llevó
muchos años así como la medalla del Cristo que sólo
los antiguos llevan.
Mario, que así se llama, antes nazareno, porque no
tenía la edad, enmudece de golpe y se afana en
recoger escondido de entre unas colchas antiguas, un
sobre amarillento ya por el paso del tiempo.
Al abrir el sobre encuentra una carta del abuelo que
dice así:
Querido hijo:
Perdona que te escriba esta carta que nunca leerás,
porque creo que en Màlaga habrá otros muchos padres
que sentirán la alegría y la tristeza que yo ahora
mismo siento.
He terminado de escuchar la radio, te has ido a
acostar porque mañana hay colegio y tu madre aún
está por ahí recogiendo cosas de la casa. Tu hermano
más pequeño también duerme, después de haber pasado
la tarde desfilando con la nueva túnica que le ha
hecho el abuelo.
Me siento ahora, hijo, tan solo como cuando el
Cristo pasa por esa calle que este Martes Santo te
diré cuando vayamos a la Casa Hermandad a su
encuentro.
Y es que hijo, mañana vendrás por primera vez
conmigo a tallarte y a recoger tú túnica, porque
aunque joven ya tienes cuerpo de hombre, y como
hombre saldrás este año con tu padre llevando a
Jesús del Rescate, en la misma cofradía que salió tu
abuelo que en gloría esté.
Ahora te lo confieso; pero temí, hijo, temí que un
Martes Santo no sonara nuestro apellido en la
cofradía junto al de los demás, cuando nos nombraran
para colocarnos bajo los varales.
Pero allí tenía que estar nuestro nombre, hijo. Por
eso esta noche me he puesto triste y me he encerrado
aquí en el despacho, para escribirte esta carta que
no sé si leerás algún día.
Mañana me harás, hijo, otra vez niño. Yo tenía tu
misma edad. Mi padre salía también desde niño en la
Hermandad, como yo y como tú. Él habría sido también
un chaval cuando le llevaron por primera vez a sacar
a Jesús del Rescate, a él también le dirían “tiene
cuerpo de hombre, ya puede ser hombre de trono”. A
mí me lo dijeron, lo recuerdo perfectamente.
Qué orgullo tuve cuando el albacea ni siquiera me
preguntó el nombre para apuntarme en la lista. Y
luego, cuando entre olor de humedad sacaron de un
armario una túnica morada que me midieron de pies a
talones, y mi padre, dijo, orgulloso que me quedará
bien. “Es ya todo un hombre”. Él, hijo, aquel año
arregló todo entre los capataces para ir a mi lado y
explicármelo todo paso a paso, los toques de
campana, el salir con el pie, los medios pasos a
derecha e izquierda, como aguanta la cabeza, la
euforia del encierro y el pasito corto.
Mañana, hijo, tú vendrás conmigo al alborear la
tarde a cumplir con el legado que los que nos
precedieron nos dejaron y esperarás impaciente a que
unos golpes secos en el portón resuenen en el salón
de tronos.
Quiero enseñarte el camino más corto a calle Agua
para que nunca se te olvide, y siempre le tengas a
mano.
De ahora en adelante, los próximos años, no tendrán
que preguntarte el nombre, como a mí tampoco me lo
tuvieron que preguntar.
Pienso ahora, que te pongo esta carta, que mañana no
me vas a hacer más viejo, sino que me vas a devolver
a tus mismos años, porque he visto que tú mañana
estrenarás mi misma ilusión de rescatero.
Hijo, cuando estés bajo el varal, no me mires,
porque tendré húmedos los ojos, hijo, porque me veré
a mi mismo con un traje azul, con la misma ilusión
que el primer año que salí. Y porque veré, hijo, a
mi padre, sintiendo esta emoción que yo siento
ahora.
Quizás, hijo, no leas nunca esta carta que te
escribo. No hace falta que la leas. Cuando me
dijiste este año que si te dejaba, que ya tenías, si
no la edad, si el cuerpo y la estatura, querías
salir en el trono. Cuando me dijiste que este año
vendrías conmigo, pensé en nuestra Capilla testigo
inerte de todo cuanto gira en nuestras vidas.
Tú no lo sabes hijo, pero por esa misma Capilla,
hace ahora veinticinco años, salieron muchos Martes
Santos dos hombres de trono que firmes, al paso y
juntos, eran los pies de Jesús del Rescate.
Por eso hoy, hijo, te acompañaré toda la noche,
pegado a tí, para enseñarte, para quitarte el miedo,
para vivir bajo el estrellado cielo de Màlaga, la
noche más hermosa y poder decirte bajito al oído:
¡Jesús del Rescate y María Santísima de Gracia están
aquí, con nosotros. Ábranse las calles y las plazas,
prepárense las gentes… otro año ha llegado,
victorianos, desatadle las manos!
Al chaval, emocionado y con lágrimas en los ojos, le
asalto un sentimiento viejo y añejo: “Duerme carta
de nuevo entre las colchas de la abuela, guárdate
para el nazareno malagueño que como yo hoy, algún
día, tendrá la suerte de arrugar tus páginas y
nervioso bamboleará tus hojas para comprender, como
yo, que algún Martes tendrá la fortuna de ser
nazareno y hombre de tono en Màlaga”. |
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