Antonio Rojo: In memoriam

Rafael Antonio Balducci Carrasco

 

Querido Antonio, seguro que presentiste que este año Ellos no habían salido, tarde ceniza de Viernes Santo, cuando ya estaba todo dispuesto y consumado, y en la Semana Santa del Cielo  ya estaban encerrados nuestro Cristo y nuestra Virgen después de su triunfal procesión, Ellos pensaron que la mejor manera de cerrar tu página cofrade en la Tierra, era encerrarte con Ellos, para que despacio y en silencio como el paso de tu Cristo del Sepulcro, llegaras a esa Capilla Eterna donde moran los que nos precedieron aguardando la bella luz de un Martes Santo de Resurrección donde todos nos volveremos a reencontrar, esa es nuestra fe y en eso creemos, ahora con el nudo en la garganta que siempre pensé tendría me siento a escribirte esta carta que hace tiempo tenía pensada, lástima no haberla escrito más tarde, que rabia que no la puedas leer.

No tuve la suerte de trabajar contigo en ninguna Junta de Gobierno de esos difíciles años 50, donde dejaste cimentado con otros muchos en nuestro recuerdo la estructura de lo que hoy es nuestra cofradía.

Si tuve por otro lado la suerte de disfrutar de tu amistad junto a la de mi querido y siempre presente Paco, amistad que se fue forjando con el paso de los años cofrades de uno de los niños del Rescate que siempre cariñosamente andaba observado y recolgado de esos dos viejos.  Que privilegio tuve de poder compartir con vosotros las confidencias y las batallitas de dos de los mejores cofrades, que Nuestros Titulares eligieron de su gran rebaño para servirles.

 Muchas fueron las tardes en la residencia, en ese pequeño recibidor, que para nosotros era un enorme salón de tronos donde siempre nos contabas recordabas las mil y una anécdotas, que aunque siempre eran las mismas, cada vez las reinventabas con la ilusión que se reflejaba en tus ojos, y que hacía, que el hecho de no haberlas vivido contigo no impidiera estar en ese preciso momento y lugar.  Mi querido Antonio, eras capaz de llevarme por el túnel del tiempo del Rescate con la fuerza gallarda de los hombres de trono y la suave mecida del pesado trono de Pérez Hidalgo.

 Cuantas veces me contaste como buscaste el busto de Jesús del Rescate, fruto del rumor y la leyenda popular, que según te contaron no había ardido en Santo Domingo, hasta que llegaste al convencimiento de que era sólo eso, un rumor.  Como a mí pregunta de como hacías para liar a más de uno en esa apasionante aventura de reorganizar esta antigua cofradía, me decías que eras un pesao y que la gente (tus amigos a la postre) terminaban claudicando. Bendita terquedad la tuya.  Como nos contabas, los inicios de nuestra cofradía y los paseos que diariamente con otros reorganizadores dabas a la Catedral a ver a don Justo Novo para ver como iba “el asuntillo”, y de que manera celebraste con los tuyos el sí de don Ángel Herrera Oria.

 La emoción de esa primera junta de Gobierno del 25 de Agosto de 1949 una vez aprobados los Estatutos y la dicha del reingreso de la cofradía en la Agrupación el 1 de Junio de 1950.  Me explicaste muchas veces, como si de la toma de Granada se tratara, tu sitio particular a nuestra Capilla, como tuviste que convencer al párroco de Santiago para que permitiese que esa fuera la sede canónica y de cómo tras muchas gestiones conseguiste con la ayuda de tu junta convencer a Teodoro Simó y a Campos Serrano de que regalasen las primitivas tallas de Jesús del Rescate y María Santísima de Gracia.  De cómo esas mismas tallas, con  la llegada de las  nuevas de Castillo Lastrucci, presidieron el comedor de tu casa y velaban por ti y por los tuyos, ya que la hermandad no disponía de un sitio digno para guardarlas y como lo que era para unos días se convirtió en una compañía muy especial casi toda una vida. Mas tarde, al deshacerse tu casa, quisiste que esa talla estuviera en tu otra casa, la de tu devoción, y  hoy  preside el despacho de nuestro Hermano Mayor.

 Me contaste hasta el infinito lo que costó la primera salida procesional del 51 de cómo iba nuestro Cristo en un cortejo sencillo y digno por las calles de Málaga.  Años más tarde llegaría nuestro Cristo actual y su bellísima Madre que por encargo tuyo  al tallista  y expreso deseo tuyo llevaría la expresión de una dolorosa de Salzillo  con la que una vez cruzaste tu mirada y  que de muchos años atrás llevabas en  tu corazón, dulce  mirada implorante perdida en el luminoso cielo malagueño que tantos años fue testigo mudo de tu trabajo cofrade.

 Cuantas veces me habrás contado lo tuyo de las Penas y el Rescate, de cómo pedías la venía con una y rápidamente te ceñías la túnica de la otra para salir en procesión y de cómo yo, bromeaba contigo diciéndote que eras el nazareno con más horas de procesión de la historia de los Martes Santo.  Cuantas veces me paraba a pensar de vuelta a casa que si llevar una cofradía es duro, lo de dos, o es afición o es bendita locura.

 Mira por donde el culpable del famoso manto de flores estaba ante mí, si otros hoy se olvidaron de la cita con su pasado, tu otra virgen, la del manto distinto de cada año, estará feliz en su casa de San Julián, ya que ella se asomaba a su puerta para ver si venías,  y te tendrá reservada  una cómplice sonrisa.  Luego vendrían años de nuevos proyectos y de nuevos amigos, donde sé recogería la semilla de lo plantado, el nuevo trono de la Virgen, los enseres que se encargaban a base de dar sablazos silenciosos por doquier a unos y otros, siempre con el mismo ritual: dibujo de Casielles, elección del afortunado mecenas y ejecución de la pieza. Viejo amigo que habilidad la tuya para sablear y que al mismo tiempo el sableado se sintiera el ombligo del mundo.

 De cómo llegó la decadencia de los años 70 y que ya con el cansancio de mas de 30 años dirigiendo la nave, tuviste el acierto, de ceder los trastos como buen torero a otros más jóvenes y llenos de proyectos para que gobernaran el barco, retirándote en silencio con toda la tropa de tus leales para que la savia nueva infiltrara esos viejos y cansados huesos rescateros.

 Como no podía ser de otra manera, y por que tus hermanos lo quisieron en 1992 recibiste la primera medalla de oro, que debías haber recibido en los 70, y que con toda sencillez pusiste a los pies de Jesús del Rescate, la misma que luce hoy en tu recuerdo. Ese día, lo sé, porque me lo has contado, lloraste de alegría.  Como no se te olvidará, aquella tarde que la Agrupación de Cofradías entregaba las medallas del 75 Aniversario y toda la sala capitular aplaudía enfervorecida y en pie al decano de los hermanos mayores, alegre preludio de lo que estaba por venir, esa tarde me di cuenta de que todos los cofrades tenían una deuda pendiente contigo.

 Aún me acuerdo, como casi arrastrándote porque tus años te pasaban factura acompañaste en procesión una tarde de otoño, apoyado en los brazos de Manolo y Paco, a nuestra Señora que más guapa que nunca iba a la Catedral para hacer historia, y como  le contabas al Acejo que su hijo te había dado vida para poder disfrutarlo.  Era feliz al verte en cualquier entrevista de radio y televisión a las que con motivo de los actos del Cincuentenario de la Reorganización acudías, pobre locutor, una vez que empezabas no le dejabas hablar en tu atropellada manera de que no quedara nada en el olvido que contar.

 Disfrutabas especialmente cuando tu ahijado Antonio José y hasta que pudiste te acompañaba ritualmente a ver a tu Virgen de La Victoria, que ya te tiene en su regazo, y como rápidamente te zafabas de él y dando un brinco desde la acera te colocabas al lado del guión que tantos años de gloria cofrade compartió contigo.

 De cómo las mañanas de Domingo de Ramos no eran las mismas si no se te veía con tu inconfundible sombrero y bastón, de cómo la pollina no daba los primeros pasos por Málaga hasta que asomada al Cister viera que estabas allí, como siempre.  Cómo presumías y alardeabas, por los años, de ser el hermano nº 1  del Rescate, 1 del Sepulcro o 2 de la Victoria, o de cómo contabas acordándote de tu madre, que la primera túnica que vestiste fue la de la Puente.  Como me pedías, tras un culto que no me olvidara de recogerte al día siguiente a ti o a Paco, o  que te avisara para las cenas o las comidas, o los viajes a Sevilla, y que cada Martes Santo te colocara tu silla en el balcón que defendías a bastonazos para ver salir a tu Rescate de tu alma.

 Querido Antonio, dice un dicho popular que olvidar es saber vivir, si algún día pensaste que en alguna época tu cofradía se había olvidado de ti, hoy, allá don estés, te cabe la interna y gozosa alegría de saber que no, y algún día, si Dios quiere aún lejano, a algunos nos pesara no haber vivido lo suficiente contigo.

 El 17 de Noviembre de 2001, con la preocupación de verte mermado por los años, nuestra Agrupación se desplazó a hacer justicia, la justicia que tu Cofradía siempre pidió para ti, para tu obra y tu ejemplar trabajo por la Semana Santa de Málaga. Esa medalla la ganaste día a día, trabajando por las cofradías y sembrando el camino de amigos, con la única referencia de una pequeña capilla que guarda el mayor de tus tesoros: Jesús del Rescate y la Virgen de Gracia.

 Ten por seguro, que  Ella llevará esa medalla cada Martes Santo, con el orgullo y rubor de una niña que ha recibido el mejor regalo del más fiel  de sus amores.  Tu amor por las cofradías y por la Semana Santa lo viviste más por lo que fuiste capaz de dar que por lo que recibiste a  cambio, supiste compartir tu riqueza con la habilidad de mostrar a cada uno las suyas, ya que mi querido amigo, un amigo verdadero es el que viene a compartir nuestra felicidad cuando se le ruega y nuestra desgracia sin ser llamado.

 Mi viejo amigo, mi hermano, mi hermano mayor, un abrazo y un beso lleno de orgullo y emoción, por dos cosas que tu ya sabes:  Una por ser del Rescate como tú, otra por habernos permitido ser tus amigos.

                                                                          Málaga, 22 de Abril de 2.003

 

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