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Si tuve por otro lado la suerte de disfrutar de tu
amistad junto a la de mi querido y siempre presente
Paco, amistad que se fue forjando con el paso de los
años cofrades de uno de los niños del Rescate que
siempre cariñosamente andaba observado y recolgado
de esos dos viejos. Que privilegio tuve de poder
compartir con vosotros las confidencias y las
batallitas de dos de los mejores cofrades, que
Nuestros Titulares eligieron de su gran rebaño para
servirles.
Muchas fueron las tardes en la residencia, en ese
pequeño recibidor, que para nosotros era un enorme
salón de tronos donde siempre nos contabas
recordabas las mil y una anécdotas, que aunque
siempre eran las mismas, cada vez las reinventabas
con la ilusión que se reflejaba en tus ojos, y que
hacía, que el hecho de no haberlas vivido contigo no
impidiera estar en ese preciso momento y lugar. Mi
querido Antonio, eras capaz de llevarme por el túnel
del tiempo del Rescate con la fuerza gallarda de los
hombres de trono y la suave mecida del pesado trono
de Pérez Hidalgo.
Cuantas veces me contaste como buscaste el busto de
Jesús del Rescate, fruto del rumor y la leyenda
popular, que según te contaron no había ardido en
Santo Domingo, hasta que llegaste al convencimiento
de que era sólo eso, un rumor. Como a mí pregunta
de como hacías para liar a más de uno en esa
apasionante aventura de reorganizar esta antigua
cofradía, me decías que eras un pesao y que la gente
(tus amigos a la postre) terminaban claudicando.
Bendita terquedad la tuya. Como nos contabas, los
inicios de nuestra cofradía y los paseos que
diariamente con otros reorganizadores dabas a la
Catedral a ver a don Justo Novo para ver como iba
“el asuntillo”, y de que manera celebraste con los
tuyos el sí de don Ángel Herrera Oria.
La emoción de esa primera junta de Gobierno del 25
de Agosto de 1949 una vez aprobados los Estatutos y
la dicha del reingreso de la cofradía en la
Agrupación el 1 de Junio de 1950. Me explicaste
muchas veces, como si de la toma de Granada se
tratara, tu sitio particular a nuestra Capilla, como
tuviste que convencer al párroco de Santiago para
que permitiese que esa fuera la sede canónica y de
cómo tras muchas gestiones conseguiste con la ayuda
de tu junta convencer a Teodoro Simó y a Campos
Serrano de que regalasen las primitivas tallas de
Jesús del Rescate y María Santísima de Gracia. De
cómo esas mismas tallas, con la llegada de las
nuevas de Castillo Lastrucci, presidieron el comedor
de tu casa y velaban por ti y por los tuyos, ya que
la hermandad no disponía de un sitio digno para
guardarlas y como lo que era para unos días se
convirtió en una compañía muy especial casi toda una
vida. Mas tarde, al deshacerse tu casa, quisiste que
esa talla estuviera en tu otra casa, la de tu
devoción, y hoy preside el despacho de nuestro
Hermano Mayor.
Me contaste hasta el infinito lo que costó la
primera salida procesional del 51 de cómo iba
nuestro Cristo en un cortejo sencillo y digno por
las calles de Málaga. Años más tarde llegaría
nuestro Cristo actual y su bellísima Madre que por
encargo tuyo al tallista y expreso deseo tuyo
llevaría la expresión de una dolorosa de Salzillo
con la que una vez cruzaste tu mirada y que de
muchos años atrás llevabas en tu corazón, dulce
mirada implorante perdida en el luminoso cielo
malagueño que tantos años fue testigo mudo de tu
trabajo cofrade.
Cuantas veces me habrás contado lo tuyo de las
Penas y el Rescate, de cómo pedías la venía con una
y rápidamente te ceñías la túnica de la otra para
salir en procesión y de cómo yo, bromeaba contigo
diciéndote que eras el nazareno con más horas de
procesión de la historia de los Martes Santo.
Cuantas veces me paraba a pensar de vuelta a casa
que si llevar una cofradía es duro, lo de dos, o es
afición o es bendita locura.
Mira por donde el culpable del famoso manto de
flores estaba ante mí, si otros hoy se olvidaron de
la cita con su pasado, tu otra virgen, la del manto
distinto de cada año, estará feliz en su casa de San
Julián, ya que ella se asomaba a su puerta para ver
si venías, y te tendrá reservada una cómplice
sonrisa. Luego vendrían años de nuevos proyectos y
de nuevos amigos, donde sé recogería la semilla de
lo plantado, el nuevo trono de la Virgen, los
enseres que se encargaban a base de dar sablazos
silenciosos por doquier a unos y otros, siempre con
el mismo ritual: dibujo de Casielles, elección del
afortunado mecenas y ejecución de la pieza. Viejo
amigo que habilidad la tuya para sablear y que al
mismo tiempo el sableado se sintiera el ombligo del
mundo.
De cómo llegó la decadencia de los años 70 y que ya
con el cansancio de mas de 30 años dirigiendo la
nave, tuviste el acierto, de ceder los trastos como
buen torero a otros más jóvenes y llenos de
proyectos para que gobernaran el barco, retirándote
en silencio con toda la tropa de tus leales para que
la savia nueva infiltrara esos viejos y cansados
huesos rescateros.
Como no podía ser de otra manera, y por que tus
hermanos lo quisieron en 1992 recibiste la primera
medalla de oro, que debías haber recibido en los 70,
y que con toda sencillez pusiste a los pies de Jesús
del Rescate, la misma que luce hoy en tu recuerdo.
Ese día, lo sé, porque me lo has contado, lloraste
de alegría. Como no se te olvidará, aquella tarde
que la Agrupación de Cofradías entregaba las
medallas del 75 Aniversario y toda la sala capitular
aplaudía enfervorecida y en pie al decano de los
hermanos mayores, alegre preludio de lo que estaba
por venir, esa tarde me di cuenta de que todos los
cofrades tenían una deuda pendiente contigo.
Aún me acuerdo, como casi arrastrándote porque tus
años te pasaban factura acompañaste en procesión una
tarde de otoño, apoyado en los brazos de Manolo y
Paco, a nuestra Señora que más guapa que nunca iba a
la Catedral para hacer historia, y como le contabas
al Acejo que su hijo te había dado vida para poder
disfrutarlo. Era feliz al verte en cualquier
entrevista de radio y televisión a las que con
motivo de los actos del Cincuentenario de la
Reorganización acudías, pobre locutor, una vez que
empezabas no le dejabas hablar en tu atropellada
manera de que no quedara nada en el olvido que
contar.
Disfrutabas especialmente cuando tu ahijado Antonio
José y hasta que pudiste te acompañaba ritualmente a
ver a tu Virgen de La Victoria, que ya te tiene en
su regazo, y como rápidamente te zafabas de él y
dando un brinco desde la acera te colocabas al lado
del guión que tantos años de gloria cofrade
compartió contigo.
De cómo las mañanas de Domingo de Ramos no eran las
mismas si no se te veía con tu inconfundible
sombrero y bastón, de cómo la pollina no daba los
primeros pasos por Málaga hasta que asomada al
Cister viera que estabas allí, como siempre. Cómo
presumías y alardeabas, por los años, de ser el
hermano nº 1 del Rescate, 1 del Sepulcro o 2 de la
Victoria, o de cómo contabas acordándote de tu
madre, que la primera túnica que vestiste fue la de
la Puente. Como me pedías, tras un culto que no me
olvidara de recogerte al día siguiente a ti o a
Paco, o que te avisara para las cenas o las
comidas, o los viajes a Sevilla, y que cada Martes
Santo te colocara tu silla en el balcón que
defendías a bastonazos para ver salir a tu Rescate
de tu alma.
Querido Antonio, dice un dicho popular que olvidar
es saber vivir, si algún día pensaste que en alguna
época tu cofradía se había olvidado de ti, hoy, allá
don estés, te cabe la interna y gozosa alegría de
saber que no, y algún día, si Dios quiere aún
lejano, a algunos nos pesara no haber vivido lo
suficiente contigo.
El 17 de Noviembre de 2001, con la preocupación de
verte mermado por los años, nuestra Agrupación se
desplazó a hacer justicia, la justicia que tu
Cofradía siempre pidió para ti, para tu obra y tu
ejemplar trabajo por la Semana Santa de Málaga. Esa
medalla la ganaste día a día, trabajando por las
cofradías y sembrando el camino de amigos, con la
única referencia de una pequeña capilla que guarda
el mayor de tus tesoros: Jesús del Rescate y la
Virgen de Gracia.
Ten por seguro, que Ella llevará esa medalla cada
Martes Santo, con el orgullo y rubor de una niña que
ha recibido el mejor regalo del más fiel de sus
amores. Tu amor por las cofradías y por la Semana
Santa lo viviste más por lo que fuiste capaz de dar
que por lo que recibiste a cambio, supiste
compartir tu riqueza con la habilidad de mostrar a
cada uno las suyas, ya que mi querido amigo, un
amigo verdadero es el que viene a compartir nuestra
felicidad cuando se le ruega y nuestra desgracia sin
ser llamado.
Mi viejo amigo, mi hermano, mi hermano mayor, un
abrazo y un beso lleno de orgullo y emoción, por dos
cosas que tu ya sabes: Una por ser del Rescate como
tú, otra por habernos permitido ser tus amigos.
Málaga, 22 de Abril de 2.003
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